Me quedo con su sonrisa, director.





Porque nunca anuncié mi llegada, me aparecí una mañana en su colegio en Chivay, y no dejó de sonreír.
Porque no tenía pruebas ni evidencias de lo que íbamos a hacer ese 17 de setiembre, y usted nunca dejó de sonreir.
Porque siendo su primer año en la dirección se la jugó decretando que todos sus alumnos y profesores se quedaran después de clases para recibirnos, sin dejar de sonreir. 
Porque cuando llegamos con lo poco que teníamos y se fue la luz y comenzaron a haber retos, usted nunca dejó de sonreir.
Porque cuando eramos 600 personas bailando el Wititi y compartiendo historias, usted no paró de sonreir.
Porque cuando me mandó a llamar para que regrese corriendo de la plaza y me dijo "esto se lo damos a las personas que queremos que regresen a nuestras casas"... tampoco dejó de sonreir.
Fueron talleres de matemática, de cristianismo, de ciencias, de comprensión lectora, de rutas de aprendizaje para profesores y de liderazgo... pero ese 17 de setiembre, yo aprendí de usted a no dejar de sonreir director Herbert.

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