Una Coca Cola en mi escritorio, por favor.
Colecciono latas de Coca Cola desde el 2002. Debo tener
cerca de 300 latas, 150 botellas, recuerdos, letreros y todo lo que se
relacione a la marca. Sin embargo la colección tiene algo especial: Todo debe
ser regalado.
Así fue como con el pasar del tiempo tengo latas de distintas partes del mundo: Tailandia, China, ediciones especiales de las Olimpiadas, copas del mundo,
latas que se convirtieron en carritos y la lista podría seguir por varias
líneas más. Ha sido complejo ir encontrándoles espacio a todas en mi casa y
ponerlas en lugares seguros ahora que Bianca anda construyendo castillos e
historias por ahí.
Cuando me han
preguntado por qué mi insistencia con la colección, mi respuesta siempre ha
sido “Cada lata, una historia”. Hasta fan page me hice y es que es bonito
cuando alguien que ha estado de vacaciones o de viaje por algún lado del mundo
regresa y te manda un mensaje o una llamada comentándote que tiene algo para ti.
Es bonito cuando, en serio, alguien se tomó el tiempo para dedicártelo y elegir
uno de esos pequeños regalos. Gracias a todos los colaboradores y a todos los
que han sido parte de esta aventura en estos años.
Hasta ahí todo bien, sin embargo hace algunos meses le vengo
dando vueltas a un vago recuerdo que tengo de mi mamá. Y es que cuando le
pregunté de pequeño cómo se enamoró de mi papá, ella me contó que se conocieron
en el banco donde trabajaban y que una de las tácticas que él tuvo para cortejarla fue esta:
“…
Tu papá todos los días me dejaba una botella de Coca Cola en mi escritorio”.
¿Coincidencia? A veces la manera de ir uniendo los puntos de
tu vida es un poco extraña.
¡Salud!

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